La muerte tenía que llegar en tiempo. Se levantó tempranito, agarró su capucha, la guadaña, se roció la loción que la hacía invisible y salió a buscarlo. Toño fue dar su recorrido habitual por el barrio y hacer lo que siempre hacía: saludar sus vecinos, tomarse un café en estanquillo de Josefita y comprar el periódico para informarse e higienizarse luego.
Él era una persona muy servicial con el vecindario y por ello muy querido y respetado, pues no tenía reparo para ayudar en lo que fuese. Cuando salió del estanquillo de Josefita vio a Crucita, su vecina, luchando para detener un salidero de agua albañal que irrumpió justo en el portal de su casa y estaba infectando todo aquello del mal olor. Inmediatamente se remangó la camisa y puso manos a la obra, pero el salidero no era cosa sencilla y tuvo que emplearse a fondo. Con la ayuda de una barreta y una pala comenzó a romper y escavar en aquella podredumbre. Tres vecinos se acercaron para pendenciar, pero solo a eso; pendenciar. Entre ellos comentaban que eso era cuestión de la municipalidad y que nadie le pagaría un céntimo por hacer ese trabajo, así que…
Toño ya los conocía, los miró y continuó. Era normal que la gente del barrio fuera tan individualista como pendenciera. Pasaron más de dos horas y no podía con aquello. Excepto los serpenteados caminos trazados en su cuerpo por el sudor, el resto lucía colmado en mierda. En eso llegó la muerte, buscó a Toño, lo encontró, lo encontró recontra cagado, se tapó la nariz para no exponerse al mal olor, prefirió no tocarlo para no embarrarse y decidió venir otro día; pero como no podía incumplir con la planificación semanal hizo descender un rayo que carbonizó a uno de los pendencieros.